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Pocos lo saben, pero la montaña rusa más antigua del mundo en funcionamiento está en España, y sigue ofreciendo emociones a quienes se atreven a subir a sus vagones de madera más de un siglo después de su inauguración. Con 113 años de historia y una altura que roza los 10 metros, esta joya de la ingeniería y del entretenimiento se encuentra en el Tibidabo, el mítico parque de atracciones de Barcelona que domina la ciudad desde su montaña homónima.

La atracción, conocida como “La Muntanya Russa del Tibidabo” —aunque popularmente llamada simplemente la montaña rusa del Tibidabo—, fue inaugurada en 1910, cuando los parques de diversiones apenas comenzaban a proliferar en Europa. Su diseño, una mezcla de madera, hierro y un aprovechamiento ingenioso del terreno, la convierte en un ejemplo excepcional del modo en que el ocio y la arquitectura se unían en los albores del siglo XX.

A diferencia de las montañas rusas modernas, esta no busca velocidad ni giros imposibles. Su encanto reside en su sencillez y en su perfecta adaptación al relieve natural del monte Tibidabo, a casi 500 metros sobre el nivel del mar. Los raíles serpentean por el borde de la montaña, ofreciendo una vista panorámica impresionante de toda Barcelona, el mar Mediterráneo y, en los días despejados, incluso el perfil de Montserrat. La atracción logra lo que pocos parques pueden presumir: combinar adrenalina, historia y paisaje en una sola experiencia.

Durante su recorrido, los vagones —que conservan parte del diseño clásico— ascienden suavemente hasta el punto más alto, donde el viento y las vistas dejan sin aliento. Desde allí comienza un descenso suave, pero emocionante, que sigue la pendiente natural del terreno. No hay grandes caídas ni loopings, pero sí una sensación de libertad y vértigo que ha conquistado a generaciones. Lo curioso es que, a pesar de su antigüedad, la estructura sigue siendo completamente estable y segura, gracias a un riguroso mantenimiento que ha permitido mantener su esencia sin renunciar a la modernidad.

El Parc d’Atraccions Tibidabo, donde se encuentra esta reliquia, es uno de los más antiguos de Europa y un verdadero icono de Barcelona. Fue inaugurado en 1901, y desde entonces ha sido testigo del paso de varias generaciones, guerras, transformaciones urbanas y avances tecnológicos. La montaña rusa, inaugurada menos de una década después, se convirtió rápidamente en su símbolo más querido. En una época en la que el cine aún era mudo y los automóviles eran una rareza, ofrecer una experiencia de velocidad y emoción como aquella era toda una revolución.

Lo que la hace aún más especial es que no está construida sobre una estructura artificial, como la mayoría de las montañas rusas modernas. En su lugar, los raíles se integran en la montaña, aprovechando su pendiente natural. Esta característica no solo reduce su impacto visual y ambiental, sino que además ofrece una sensación de conexión directa con el entorno. Es literalmente una atracción hecha de paisaje, donde el recorrido se funde con el terreno y la naturaleza del Tibidabo.

A lo largo de los años, la montaña rusa ha sido restaurada y actualizada en varias ocasiones, pero siempre respetando su estructura original. En los años 80, por ejemplo, se reforzó parte de la base de madera y se añadieron sistemas de seguridad modernos, pero el recorrido sigue siendo el mismo que maravilló a los primeros visitantes del siglo XX. Hoy, tanto los amantes de la historia como los buscadores de emociones la consideran una experiencia imprescindible.

Subirse a la montaña rusa del Tibidabo es, en cierto modo, viajar en el tiempo. Los crujidos de la madera, el viento en la cara y las vistas que se abren entre los árboles componen una experiencia nostálgica y mágica, alejada de los artificios digitales y de los efectos de última generación. Es una montaña rusa que no busca impresionar con la fuerza, sino con la emoción pura del movimiento y el paisaje.

En un mundo donde las atracciones compiten por ser las más rápidas, las más altas o las más extremas, la montaña rusa del Tibidabo se mantiene firme en su sencillez, recordando que la emoción también puede nacer de la historia, de la belleza y del vértigo tranquilo de un viaje entre el cielo y la ciudad. Con 113 años de vida y millones de sonrisas acumuladas, sigue girando sobre sí misma como un símbolo vivo del alma de Barcelona, donde tradición, diversión y paisaje se encuentran en un mismo carril.

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